jueves, 29 de marzo de 2018

Viajeros ingleses en Buenos Aires: Samuel Haigh


Haigh, Samuel[1]

Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú. [1831]. Buenos Aires: Vaccaro, 1920. [Museo Mitre, Colección Moores Doc. 372   4,5,12].
                                                                                                        
La ciudad de Buenos Aires ha sido a menudo descripta y debe estar fresca en la memoria de la mayor parte de los lectores. Hay en ella un aspecto desordenado e inconcluso que de todo tiene menos de agradable; con excepción de pocas calles, en las cer­canías de la Plaza, las casas son bajas y sucias y van en progre­sión descendente a medida que se va a los arrabales. Sin embargo, hay numerosas casas bien construidas  en las calles principales; la mayor parte de un piso, hechas de ladrillo y blanqueadas, con patios y terrenos amplios, y dependencias para la servidumbre a estilo español, y la usual gran portada gótica; algunas veces las armas de los primitivos propietarios se ven esculpidas en piedra sobre la puerta. Los techos de azotea son planos y cubiertos con piedra, algunos patios son pavimentados con mosaico de mármol blanco y negro. Las casas mejores tienen un toldo en los patios a la altura del techo que sirve de sombra contra el extremo calor solar. Las ventanas rara vez tienen vidrios, pero están protegi­das por rejas de hierro que producen un aspecto de cárcel.
La ciudad, vista desde la rada, presenta aspecto sombrío y monástico por sus numerosas torres y cúpulas, y esta impresión se robustecía, en la época de que escribo, por el número de clérigos y frailes que llenaban las calles.
La plaza mayor es amplia y hermosa, con una pirámide en el centro, protegida del lado del río por un fuerte, que, aunque no de mayor importancia, tiene hermoso aspecto.
Pocas calles del centro están pavimentadas, pero en general se siente grande incomodidad por los lodazales en la estación lluviosa, y el huracán de polvo en la seca. Las veredas son estrechas y desagradables, con postes colocados casi junto a las casas, que hacen el caminar extraordinariamente fastidioso, en especial porque muchas de las veredas son calzadas levantadas dos o tres pisos del nivel del suelo.
Hay en las calles de Buenos Aires más señales de actividad y bullicio que en cualquier otra ciudad sudamericana. Numerosos carros de mala forma, con ruedas chillonas de enorme circunferencia, aunque no del todo redondas, sin ninguna clase de adorno, picaneados por mestizos de indio, casi tan brutales como los animales que manejan; negros y mulatos, changadores indios, cargados con fardos y cajones de mercaderías, o con talegos de  pesos fuertes (porque en aquellos buenos tiempos ningún Banco había emitido papel moneda ni este país había hecho empréstito en Londres); damas en sus calesas (cochecitos de dos ruedas muy vistosamente pintados y tirados  por una mula montada por postillón negro) otras caminando para ir a las tiendas o visitas, clérigos y frailes, comerciantes, militares, todos al parecer muy ocupados, contribuyen a hacer de la ciudad lo contrario de triste y sin interés.
Los habitantes principales, así como los ingleses, tienen sus casas de campo o quintas, a inmediaciones de la ciudad, donde en ocasiones se organizan fiestas campestres. Las casas quintas son de tapia y caña; su moblaje es inferior al de las residencias urbanas, pero son muy frescas para retirarse durante los meses calurosos  de verano.
La población de Buenos Aires se estima en cien mil habitantes, incluyendo blancos, negros, mestizos e indios. Los blancos puros no son numerosos, y la masa popular es de casta tan mezclada de blanco, indio y negro, que sería difícil fijar su origen; los gauchos y campesinos descienden originariamente de padre blanco y madre india.
Había escasez de jóvenes en la ciudad, en el tiempo que estuve allí, 1817; pero como la carrera más honorable abierta para el joven es la militar, se comprende la desaparición de esta rama de la población, por las constantes guerras con Perú, Banda Oriental y las contiendas civiles de menor cuantía.
Los ingleses de Buenos Aires son muy hospitalarios y viven de manera excelente, y en todos los actos públicos [...] compiten con sus hermanos transatlánticos en manifestar sus sentimientos patrióticos [...].
Las misas se celebran desde la aurora al mediodía, y en días de fiesta, de once a una son horas de moda; las damas se ven en grupos seguidas de muchachas negras y mulatas llevando alfombras de los colores más vivos para arrodillarse [...]
Una beldad española saca gran ventaja del vestido de misa, de seda negra perfectamente ajustado al cuerpo; mantilla blanca o negra puesta graciosamente en la cabeza, que a veces contrasta con un chal de seda de color vivo sobre los hombros; los zapatos y medias son de seda blanca porque las damas españolas nunca usan medias negras o azules y se enorgullecen mucho de sus pies, lo que no es de admirar, pues generalmente muestran pie muy pequeño y bien torneado tobillo.
La mayor parte de las mujeres son muy lindas y algunas beldades perfectas por la exquisita línea de sus facciones; su color es generalmente pálido tendiendo a oliva; nariz aguileña y mucha dulzura en la boca. Los grandes ojos negros porque son célebres las beldades españolas, en ocasiones disparan unas descargas de expresión que no se encuentran a menudo en climas más septentrionales. Sus figuras son buenas en extremo y saben cómo hacerlas resaltar prestando grande atención a la gracia del porte. Invariablemente danzan y caminan bien, y con gran aparente soltura, que no se ve el mínimo dejo de afectación [...].
Los caballeros de Buenos Aires se visten tan bien como los de igual clase en Londres o París, y sus maneras son sin afectación o afeminamiento. Todos los jóvenes son buenos jinetes [...] son valientes liberales y desinteresados, pero algo orgullosos y arrogantes [...].
de las otras repúblicas, a lo que puede atribuirse esta animosidad.
La sociedad en general de Buenos Aires es agradable; después de ser presentado en forma a una familia, se considera completamente dentro de la etiqueta visitar a la hora que uno crea más conveniente, siendo siempre bien recibido; la noche u hora de tertulia, es la más acostumbrada [...] a la noche la familia se congrega en la sala llena de visitantes, especialmente si es casa de tono.
Las diversiones consisten en conversación, valsar, contradanza española, música (piano y guitarra) y algunas veces canto. Al entrar se saluda a la dueña de casa y ésta es la única ceremonia; puede uno retirarse sin formalidad alguna; y de esta manera si se desea, se asiste a media docena de tertulias en la misma noche. Los modos y conversación de las damas son muy fáciles y agradables y, como es costumbre que sean muy cumplidas con los extranjeros, se ha incurrido frecuentemente en error con respecto a esta libertad.
Los vestidos de recepción de las damas son de muchísimo buen gusto [...] las modas francesas son preferidas.
Hay en Buenos Aires sastres ingleses y franceses, modistas y tiendas que siguen de cerca las mejores modas europeas [...], las maneras de los habitantes se asemejan más a las de las dos grandes capitales, Londres y París [...].
El populacho de Buenos Aires es muy sucio menos cuando se endominga. Los hombres se visten con paño y pana y las mujeres con bayetas y telas de algodón. Ambos sexos son especiales, los días de fiesta, en trenzar y festonearse el cabello, y se puede ver con frecuencia a los de clase baja sentados en la puerta, con la cabeza del vecino sobre las faldas de otro, cuyos dedos se emplean con diligencia en disminuir la población de tan tupidas marañas.
Las iglesias son grandes y tristes por fuera, y los muros de la mayor parte están cubiertos en lo alto con pajas y yuyos [...] las iglesias son numerosas, las principales son la Catedral, Santo Domingo, la Merced, San Francisco y la Recoleta; estas son muy grandes y hermosas. En tiempo de los españoles las iglesias se adornaban con gran profusión de oro y plata [...], están ahora adornados con oropel en vez de substancia [...] Las iglesias están siempre abiertas, de que se percata uno muy bien por el continuo tañido de las campanas [...] los templos carecen de escaños y están pavimentados con piedra o ladrillo.
En el fuerte rodeado por muralla y foso, reside el gobernador y hay varias oficinas públicas pertenecientes al ministerio de Guerra y Marina [...] Ha cambiado tan repetidamente el gobierno en hombres y disposiciones, desde su emancipación del despotismo, que sería difícil opinar. La forma establecida se compone de un gobernador llamado Presidente, y de un Cabildo, corporación municipal elegida por el pueblo [...].
Los cafés son frecuentados por la mejor sociedad de hombres exclusivamente [...] Las corridas de toros, los teatros y los reñideros generalmente están llenos.  Un día [...] propusieron ir a ver una corrida de toros [...]. La calle que conduce a la plaza, en las afueras de la ciudad, de cerca de media milla de largo, estaba apiñada de gente en calesas o a pié, y damas sentadas en las ventanas o balcones, a ambos lados de la calle, daban al acceso un aspecto muy animado.
[...] la plaza (área espaciosa rodeada por un anfiteatro) ya repleta de concurrencia bien vestida y de ambos sexos y de todas las clases, desde el gobernador y su esposa, hasta el gaucho y su mujer. Los toros se lidian uno por uno y a veces se matan veinte en una tarde [...] después de ver matar dos o tres toros, me disgustó la diversión, que me pareció muy cruel y algo cobarde. El teatro de Buenos Aires es edificio hermoso, pero no fui más de una vez por no entender el idioma; estaba muy bien concurrido. Junto a las puertas de la gente pobre hay siempre un gallo de riña atado de la pata, lo que demuestra que las riñas, deben ser diversión muy difundida.
El sitio donde se vende carne merece mencionarse, está en las afueras de la ciudad. La carne se ofrece en un carro cubierto, y su apariencia es todo menos incentivo para el apetito, cortada en grandes tiras, con sus cantos generalmente negros. No se permite sacrificar terneras, para que tal práctica no perjudique el comercio de cueros. El comercio de Buenos Aires consiste principalmente en exportación de cueros y sebo, y mucha gente se ocupa en acopiar estos artículos en las pampas. El charqui también es renglón considerable de comercio y se exportan con frecuencia mulas para el Cabo de Buena Esperanza y las Indias Occidentales.
Las importaciones de Inglaterra son principalmente lanas tejidas de Halifax,(...) algodones de Glasgow, [...] ferretería de Sheffield [...]. Se encuentran también en abundancia mercaderías francesas, indianas y chinescas.



[1] Haigh fue un comerciante inglés que residió en América Latina. Sus observaciones fueron realizadas entre 1817 y 1827.                                                                                

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